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lunes, 3 de marzo de 2008

Mujeres Malditas

A la claridad pálida de las lámparas moribundas,
entre blandos cojines impregnados de olor,
Hipólita soñaba con las caricias profundas
que levantaron el velo de su tierno pudor.
Buscaba, con los ojos ciegos por la tormenta,
el cielo ya lejano de su ingenuidad,
lo mismo que el viajero que vuelve la cabeza
hacia el claro horizonte que va quedando atrás.
De sus ojos sin luz, las perezosas lágrimas,
el cansancio, el estupor, la triste voluptuosidad,
Sus brazos vencidos, tirados como armas vanas,
todavía servía y contribuía, a su frágil belleza.
Tendida a sus pies, tranquila cual tigresa,
Delfína la observaba con los ojos ardientes,
como un animal fuerte, que vigila su presa,
después de haberle hecho una marca con sus dientes.
Belleza fuerte, de rodillas ante la joven bellota,
soberbia, aspiraba voluptuosamente
el vino de su triunfo y se tendía hacia ella
como para obtener un dulce agradecimiento.
Buscaba en los ojos de su pálida victima
el mudo cántico que entona el placer,
y esa gratitud infinita, sublime
que sale de los párpados como un largo suspiro.
"Hipólita querida, ¿qué dices de estas cosas?
Comprendes bien ahora por qué no has de ofrecer
el sagrado holocausto de tus primeras rosas
al huracán violento que las pudiera deshacer?
Mis besos son ligeros, lo mismo que las brisas
que acarician por la tarde los lagos transparentes,
y los de tu amante hundirán tus mejillas
como abre la tierra la reja del arado.
Carlos Baudelaire

Pensionistas

Una tenia quince años, la otra diez y seis;
las dos dormían juntas en una habitación.
En una noche cálida y pesada de septiembre.
Frágiles ojos azules y rojeces de fresa.
Las dos se han quedado para estar más a gusto,
La fina camisita de perfume de ámbar
la más joven extiende los brazos y se comba,
y su hermana, las manos en los senos, la besa
Después cae de rodillas y se torna bravia
y tumultuosa y loca, y su boca
hunde en el oro blondo, entre las sombras gríses.
Y la niña, mientras tanto, cuentacon sus dedos bonitos los valses prometidos.
E ingenua, sonrio inocentemente
Pablo Verlaine

Oda de Safo

Yo te he poseído, oh hija de Kypros!
Pálida, te serví tu voluptuosidad cruel...¡
Yo poseí, a la luz de las antorchas de Hésperos,
tu cuerpo divino e inmortal!
Y mi carne conoció el sol de la tuya.
Yo extinguí la llama, y la sombra y el rocío...
Tu gemido moría como el mar,
lascivo y roto.
Mortal, bebí en la copa, de los dioses
aparté el azul ondulante de tus velos
y mi caricia hizo agonizar tus ojos
sobre tu lecho de estrellas.

jueves, 18 de octubre de 2007

GIL DE BIEDMA

Las horas no han pasado, todavía,
y está mañana lejos igual a un arrecife
que apenas yo distingo.
Tú no sientes
cómo el tiempo se adensa en esta habitación
con la luz encendida, como está fuera el frío
lamiendo los cristales... Qué deprisa,
en mi cama esta noche, animalito,
con la simple nobleza de la necesidad,
mientras que te miraba, te quedaste dormido.
Así pues, buenas noches.
Ese país tranquilo
cuyos contornos son los de tu cuerpo
da ganas de morir recordando la vida,
o de seguir despierto
-cansado y excitado- hasta el amanecer.
A solas con la edad, mientras tú duermes
como quien no ha leído nunca un libro,
pequeño animalito: ser humano
-más franco que en mis brazos-,
por lo desconocido.

(Jaime GIL DE BIEDMA, Las personas del verbo, Barcelona, 1994, 164).

IBN QUZMAN

Tengo un amado alto, blanco, rubio.
¿Has visto de noche la luna? Pues él brilla más
Me dejó el traidor y luego vino a verme y saber mis nuevas:
tapó mi boca, calló mi lengua,
hizo como la lima con mis barruntos.
¡Qué dulce es este amor y qué amargo!
¡Qué feo el abandono, qué afrentoso!
¡Qué triste es ser amante y qué alegre!
¿Por qué falta abandonan al pobre amante?
Me gustas, Wasqi, justo o injusto;
veme ante ti como ante quien rige;
sé engreído, cede, abandona, disparata;
ten o no clemencia, sé turbio o diáfano.
Dos seres me irritan: delator y censor
pues tal no expele boca sensata;
vano es a mis oídos lo que digan:
sea Dios testigo, si lo repiten.
Yo no sabía cuán suyo soy;
al abrir la puerta y yo encontrarlo,
«¡Dios grande!», dije, hermano, al verlo,
como ha de decir quien ve el creciente.
Dos fiestas hay en el año con que cuento.
¿Cómo he de olvidarte, querido, mi hijo,
si entre tus labios está mi gusto?
¿Es saliva, pardiez, o agua y azúcar?

(IBN QUZMAN -poeta cordobés del siglo XII-, Cancionero andalusí, ed. F. Corriente, Madrid, 1989, p. 61).

CERNUDA

Te hubiera dado el mundo,
Muchacho que surgiste
Al caer de la luz por tu Conquero,
Tras la colina ocre,
Entre pinos antiguos de perenne alegría.
¿Eras emanación del mar cercano?
Eras el mar aún más
Que las aguas henchidas con su aliento,
Encauzadas en río sobre tu tierra abierta,
Bajo el inmenso cielo con nubes que se orlaban de rotos resplandores.
Eras el mar aún más
Tras de las pobres telas que ocultaban tu cuerpo;
Eras forma primera,
Eras fuerza inconsciente de su propia hermosura.
Y tus labios, de bisel tan terso,
Eran la vida misma,
Como ardiente flor
Nutrida con la savia
De aquella piel oscura
Que infiltraba nocturno escalofrío.
Si el amor fuera un ala.
La incierta hora con nubes desgarradas,
El río oscuro y ciego bajo la extraña brisa,
La rojiza colina con sus pinos cargados de secretos,
Te enviaban a mí, a mi afán ya caído,
Como verdad intangible.
Expresión armoniosa de aquel mismo paraje,
Entre los ateridos fantasmas que habitan nuestro mundo,
Eras tú una verdad,
La verdad que busco,
Más que verdad de amor, verdad de vida;
Y olvidando que sombra y pena acechan de continuo
Esa cúspide virgen de la luz y la dicha,
Quise por un momento fijar tu curso ineluctable.
Creí en tí, muchachillo.
Cuando el mar evidente,
Con el irrefutable sol de mediodía,
Suspendía mi cuerpo
En esa abdicación del hombre ante su dios,
Un resto de memoria
Levantaba tu imagen como recuerdo único.
Y entonces,
Con sus luces al violento Atlántico,
Tantas dunas profusas, tu Conquero nativo,
Estaban en mí mismo dichos en tu figura,
Divina ya para mi afán con ellos,
Porque nunca he querido dioses crucificados,
Tristes dioses que insultan
Esa tierra ardorosa que te hizo y deshace.

(Luis CERNUDA, La realidad y el deseo, Méjico, 1958, 107-108).

LORCA

Noche arriba los dos con luna llena,
yo me puse a llorar y tú reías.
Tu desdén era un dios, las quejas mías
momentos y palomas en cadena.
Noche abajo los dos. Cristal de pena,
llorabas tú por hondas lejanías.
Mi dolor era un grupo de agonías
sobre tu débil corazón de arena.
La aurora nos unió sobre la cama,
las bocas puestas sobre el chorro helado
de una sangre sin fin que se derrama.
Y el sol entró por el balcón cerrado
y el coral de la vida abrió su rama
sobre mi corazón amortajado.

(Federico GARCÍA LORCA, Sonetos del amor oscuro, ed. J. Ruiz Portella, Madrid, 1995, 38).

SAFO

Me enamoré, Athis, de ti, hace mucho tiempo
y me parecías sin gracia, como una pequeña niña.
Sé que más tarde alguien se acordará de nosotras.
Como el viento desenfrenado que en las montañas
cae sobre los bosques, el amor estremece mi ser.
No puedo decidir: hay en mí dos almas.
Hiciste bien en venir, pues te anhelaba
y desfallecía por este deseo que incendia mi alma.

(SAFO, Poemas, trad. C. Montemayor, Madrid, 1988

SHAKESPEARE

¿Qué contiene el cerebro y qué escribe la tinta
que no te haya expresado mi alma fiel? ¿O qué cosa
queda aún por decir, qué más hay que hacer ver
que declare mi amor a tu mérito amado?
Nada, dulce muchado; pero igual que oraciones
debo todos los días decir siempre lo mismo;
porque es nuevo lo viejo, tú eres mío, yo tuyo,
como cuando bendije ya hace tiempo tu nombre.
Nuestro amor, que es eterno como amor juvenil,
no le teme ni al polvo ni a la ofensa del tiempo,
no permite que exista ni una arruga fatal:
estará a su servicio la vejez como un paje.
Veo amor tal cual fue, en su origen, en donde
la apariencia y el tiempo quieren darlo por muerto.

(William SHAKESPEARE, Sonetos, versión de Carlos Puyol, Granada, 1990, p. 159)

SOR JUANA INÉS DE LA CRUZ


Yo, pues, mi adorada Filis,
que tu deidad reverencio,
que tu desdén idolatro
y que tu rigor venero:
bien así, como la simple
amante que, en tornos ciegos,
es despojo de la llama
por tocar el lucimiento;
como el niño que, inocente,
aplica incauto los dedos
a la cuchilla, engañado
del resplandor del acero,
y herida la tierna mano,
aun sin conocer el yerro,
más que el dolor de la herida
siente apartarse del reo;
cual la enamorada Clicie
que, al rubio amante siguiendo
siendo padre de las luces,
quiere enseñarle ardimientos;
como a lo cóncavo el aire,
como a la materia el fuego,
como a su centro las peñas,
como a su fin los intentos;
bien como todas las cosas
naturales, que el deseo
de conservarse, las une
amante en lazos estrechos.
Pero ¿para qué cansarse?
Como a ti, Filis, te quiero;
que en lo que mereces, este
es solo encarecimiento.
Ser mujer, ni estar ausente,
no es de amarse impedimento;
pues sabes tú que las almas
distancia ignoran y sexo.

(SOR JUANA INÉS DE LA CRUZ (S. XVII), «Poema a la Virreina», fragmento. Obras selectas, Madrid, 1976, p. 403).